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6 de Julio, 2017


Corrupción Política, ¿existe una solución?

Fe y recomposición moral: La respuesta


Fuente: accionfamilia.org



Fe y recomposición moral de las élites: la solución para el gravísimo problema de la corrupción que se extiende, dejando al país en una dramática situación y al pueblo escandalizado.

En tesis, que una persona rica contribuya para obtener la elección de un candidato, no es en sí un acto deshonesto. Pero si ella contribuye financieramente porque, por ejemplo, el candidato a la presidencia de la República se compromete a darle tales o cuales negocios, eso se transforma en un acuerdo al menos sospechoso de ser ilegal. Esto equivale a que se contrate para un negocio público, no al más competente, sino a aquel que facilitó la ascensión del candidato. Ahí comienza a aparecer el lado espurio.

Un hecho que en sí mismo no tiene nada censurable, puede entretanto, dadas las circunstancias, ser una operación francamente ilícita.

Además de lo cual, no solo aquel que contribuyó con dinero tiene facilidades para recibir el negocio, sino también para ampliarlo. O sea, él puede cobrar al Estado una cantidad mucho mayor que la que cobraría alguien que no prestó ayuda al candidato. Eso sería deshonesto. Puede realizar el trabajo de modo insuficiente, y el Poder Público no reclama. Y entonces tenemos en escena una operación ilícita.

Son variantes mayores o menores de un mismo pensamiento central, que se podría describir en torno de la sentencia del Derecho Romano: ” Do ut des, facio ut des, do ut facias, facio ut facias” (Yo te doy para que tú me des, hago para que me des, doy para que hagas, hago para que hagas). (1)



Es un acuerdo que puede ser un robo o algo honesto.

La cuestión en su eje, en lo que ella tiene de más central, no está en la forma de gobierno ni en la forma de la economía, ella está en el grado de moralidad pública.

Muchas personas ven que la falta de religión es la raíz de todo mal, pero no quieren en absoluto propagarla para crear un ambiente de moralidad. Porque las obligaría a no ser ladronas. Ahora bien, ellas pueden concordar en que el robo es un acto despreciable, pero deducir de esto que ellas no robarán, es una cosa muy diferente.

Es necesario restaurar las élites. El Marqués de Comillas (1853-1925) fue conocido como “el mayor limosnero de España”

Para eliminar la corrupción es necesario que haya un apostolado de carácter esencialmente religioso, por el cual se torne presente el auxilio de la gracia de Dios, que mueva las almas, las inteligencias y las voluntades, de manera que ellas se conviertan, y a partir de esta conversión alguna cosa se consiga. Tal conversión es evidentemente dificilísima en épocas de inmoralidad generalizada.

Siendo así, es necesario si se quisiere descender a lo más recóndito del problema, que haya apóstoles – como los recomienda Dom Chautard (2) – de vida interior auténtica, deseosos verdaderamente del Reino de Dios antes de todo, y de que se haga la voluntad de Dios así en la Tierra como en el Cielo. Practicando ellos mismos tales virtudes, e incitando con el ejemplo y con la palabra – como también por la represión del Estado en alguna medida- a las personas a mudar de comportamiento.

Si no hubiere esto, no se consigue nada. El soborno se extiende como una mancha de aceite que cae sobre una hoja de papel: va penetrando y se esparce por toda la superficie del papel.

En cierto momento el número de ladrones puede tornarse tan grande, que se vuelve prácticamente imposible reprimir el crimen sin colocar a la nación entera en la cárcel. En esas circunstancias surge una necesidad: hay que encontrar una solución.

¿Cuál es la solución? Un acuerdo: el individuo podrá sobornar y no irá a prisión, sólo tendrá que pagar una cierta multa. Es el robo generalizado que continúa, con precios todavía más altos. Es la oficialización del robo.

Un ladrón de gallinas sorprendido saltando el muro de madrugada con dos o tres gallinas en la mano será preso. Irá a la prisión y quedará desmoralizado. El otro que arregló el negocio sucio, no queda desmoralizado, no es apresado, todo acaba en un arreglo y él gana más dinero.

Conclusión: todos roban a todos; el robo se establece como costumbre oficial; el trabajo pierde su prestigio y la competencia pierde su influencia.

De ese modo cualquier régimen, sea comunista o capitalista, se hunde en el robo y se deshace; resulta una “robolandia”, en que una minoría de ladrones acaba dominando el país.

Se deshace la sociedad y se adultera la polémica. Unos se dicen socialistas; algunos comunistas; y otros capitalistas. Los comunistas acusan a los capitalistas porque en el régimen capitalista el robo se generaliza en todas sus formas. Los capitalistas acusan a los comunistas porque en el régimen comunista el robo se instala de todas las formas. Todo el mundo acusa a todo el mundo de ladrón, todos son ladrones. Y al final la situación se precipita hacia la anarquía y el caos.

Así vamos caminando hacia un orden de cosas en el que la discusión capitalismo”comunismo pierde su consistencia. El comunismo es capitalismo; el capitalismo es comunismo; todo el mundo es ladrón, a no ser una media docena de personas que todavía creen verdaderamente en Dios.

Se trata de un deterioro gradual, y en cuanto no hubiere una conversión religiosa, las instituciones van pudriéndose. En ese cuadro nadie puede tener una ilusión al respecto. Llevándose una vida común, que a primera vista puede parecer tranquila, la corrupción de las mentes es todavía peor que la de la economía. Y todo el mundo acaba acostumbrándose a esa situación.

Pero entonces, ¿cuál es el remedio para eso?

Es necesario restaurar las élites – élites morales, antes que nada – pero élites por excelencia, de familias en las cuales todavía alguna cosa se conserva por el recuerdo de sus mayores que fueron célebres por su honestidad, etc. O se trabaja para restaurar las verdaderas élites, o no hay solución. El remedio es restablecer el orden jerárquico en la sociedad.

Publicado por ALFRE306 el 6 de Julio, 2017, 11:15 | Referencias (0)

 

 

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