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Abril del 2009


Domingo de Resurrección


  
El Domingo de Resurrección, los cristianos celebran la Resurrección de Jesucristo tras haber sido Crucificado.

Tiene lugar como culminación de la Semana Santa y en él se abre un nuevo período litúrgico: la Pascua de Resurrección.

El Domingo de Resurrección o de Pascua es la fiesta más importante para todos los cristianos, que conmemoran la Resurrección de Jesús, el hecho que da sentido a toda su religión.

Cristo triunfó sobre la muerte y con esto abrió las puertas del Cielo a los creyentes.

En la Misa dominical se recuerda de una manera especial.

Se enciende el Cirio Pascual que representa la luz de Cristo Resucitado y que permanecerá prendido hasta el día de la Ascensión, cuando se conmemora la subida de Jesús al Cielo.

Durante el período que ahora comienza, los cristianos recordarán la Resurrección y las sucesivas apariciones de Jesús a los apóstoles, a la Virgen y a las Santas Mujeres.

El tiempo en que Jesús, Resucitado ya y habiendo vencido a la muerte, permaneció aún en la Tierra.

En la Iglesia Católica, la principal ceremonia del día tiene lugar en su comienzo, en el tránsito entre el Sábado Santo y el Domingo de Resurrección, cuando se celebra la Vigilia Pascual, la principal ceremonia de cuantas celebra a lo largo del Año Litúrgico la Iglesia.

En la misma se da gran importancia al simbolismo de la Luz y se incluye una más extensa lectura de las Sagradas Escrituras.

Publicado por ALFRE306 el 12 de Abril, 2009, 22:04 | Referencias (0)

¿Quién es este hombre?

  
Vio la luz en el suelo sucio de un establo. Para librarlo del escuadrón de la muerte enviado por un rey envidioso, sus padres se exiliaron con él Cuando era niño, hasta que pasó el peligro y pudieron volver a su tierra.

Hasta los 30 años fue carpintero, igual que Su padre terrenal. Sin embargo, Su Padre celestial lo necesitaba para otra labor que solo Él podía realizar.

Cuando llegó el momento de que iniciara Su misión, fue por todas partes haciendo el bien, ayudando a la gente, interesándose por los niños, consolando, fortaleciendo a los cansados y salvando a cuantos creían en Él.

Además de predicar Su mensaje, lo vivió entre la gente. No solo atendía las necesidades espirituales de las personas, sino que también invertía largas horas velando por sus necesidades físicas y materiales, sanándolas milagrosamente cuando estaban enfermas y dándoles de comer cuando tenían hambre. En todo momento compartió Su vida y Su amor con quienes lo rodeaban.

Su religión era tan simple que afirmó que había que volverse como un niño para aceptarla.

No dijo que hubiera que celebrar aparatosos cultos en fastuosos templos.

Nunca enseñó a la gente que tenía que observar complicados ritos ni reglas difíciles de cumplir.

Lo único que hizo fue pregonar y manifestar amor, procurando conducir a los hijos de Dios al verdadero Reino celestial, en el que las únicas leyes son «amarás al Señor con todo tu corazón» y «amarás al prójimo como a ti mismo».

Se relacionó muy poco con los pomposos dirigentes eclesiásticos de Su época, a excepción de las ocasiones en que insistieron en importunarlo con sus preguntas capciosas. En esos casos los reprendió públicamente y los puso en evidencia demostrando que eran «ciegos guías de ciegos».

Se negó a transigir con las falsas instituciones religiosas de Su época. Al contrario, obró completamente al margen de ellas.

Comunicó Su mensaje y Su amor a la gente corriente y a los pobres, la mayoría de los cuales se habían apartado desde hacía tiempo de la religión establecida y habían sido abandonados por ésta.

No se preocupó por Su prestigio y reputación, y fue compañero de borrachos y prostitutas, de los despreciados publicanos y pecadores, de los marginados y oprimidos por la sociedad. Hasta llegó a decirles que ellos entrarían en el Reino de los Cielos antes que la llamada gente buena: los farisaicos dirigentes religiosos que lo rechazaron y que despreciaron Su sencillo mensaje de amor.

El poder de Su amor y de Su convocatoria era tal e inspiraba tanta fe entre los que buscaban sinceramente la verdad que muchos no vacilaron en dejarlo todo y seguirlo de inmediato.

En cierta ocasión, mientras Él y Sus discípulos cruzaban un extenso lago, se desató una feroz tempestad que amenazaba con hacer zozobrar la nave en que se encontraban. Ordenó a los vientos que se calmaran y a las olas que se aquietaran, y enseguida hubo gran bonanza. Sus discípulos, atónitos ante tal demostración de poder, exclamaron: « ¿Quién es este hombre, que aun los vientos y el mar le obedecen?»

En el transcurso de Su obra dotó de vista a los ciegos y de oído a los sordos; sanó a leprosos y resucitó muertos.

Tan prodigiosas fueron Sus obras que uno de los jerarcas del orden religioso que se oponía enconadamente a Él llegó a afirmar: «Sabemos que has venido de Dios, porque nadie puede obrar estos milagros que Tú haces si no está Dios con él».

A medida que Su mensaje de amor se fue propagando y Sus seguidores se fueron multiplicando, los envidiosos dirigentes eclesiásticos de aquel tiempo se dieron cuenta de la amenaza que suponía para ellos aquel carpintero desconocido hasta hacía poco tiempo. Al liberar a la gente de la autoridad y dominio de la cúpula eclesiástica, la sencilla doctrina de amor que pregonaba iba socavando el orden religioso de la época.

Finalmente Sus poderosos enemigos obligaron a los gobernantes a detenerlo sobre la base de falsas imputaciones de sedición y subversión. Y aunque fue declarado inocente por el gobernador romano, aquellos hipócritas presionaron a la autoridad y la convencieron para que lo mandara ejecutar.

Horas antes de Su detención, este hombre, Jesús de Nazaret, había dicho: «No podrían tocarme siquiera sin el permiso de Mi Padre. A una simple señal Mía, Él enviaría legiones de ángeles a rescatarme».

Pero optó por ofrendar la vida por ti y por mí. Nadie se la quitó. Él la entregó, renunció a ella por voluntad y decisión propia, sabiendo que aquella era la única forma de cumplir el designio concebido por Dios para nuestra salvación.

Pero ni siquiera Su muerte satisfizo a Sus celosos enemigos. Para impedir que Sus seguidores sustrajeran el cuerpo y afirmaran que había resucitado, cerraron el sepulcro con una enorme piedra y apostaron en el lugar a un grupo de soldados romanos para que lo custodiaran.

Aquella estratagema resultó inútil, pues esos mismos guardias fueron testigos del más grandioso de los milagros. Tres días después que Su cuerpo fuera depositado en aquel frío sepulcro, resucitó, triunfando sobre la muerte y sobre el infierno para siempre.

Ni la muerte fue capaz de detener Su obra o de silenciar Sus palabras. Desde aquel día milagroso hace ya casi 2.000 años, este Hombre, Jesucristo, ha hecho más por cambiar el curso de la Historia, de nuestra civilización y de la condición humana que ningún otro dirigente, grupo, gobierno o imperio.

Ha salvado a miles de millones de personas de la desesperanza y les ha concedido la vida eterna y manifestado el amor de Dios.

Dios, el gran Creador, es Espíritu.

Es omnipotente, omnisciente y omnipresente. Semejante concepto sería para nosotros demasiado difícil de asimilar. De ahí que para manifestarnos Su amor, acercarnos a Él y llevarnos a comprender Su esencia, dispuso que Su propio Hijo, Jesucristo, tomara forma corporal y bajara a la Tierra.

Si bien muchos grandes maestros han vertido enseñanzas sobre el amor y sobre Dios, Jesús es la quintaesencia del amor. Es Dios. Es el único que murió por los pecados del mundo y que resucitó de entre los muertos. Es el único Salvador.

¡Ni la muerte pudo detener Su obra y Sus palabras!

Gentileza, Regina Cardona (México)

Publicado por ALFRE306 el 10 de Abril, 2009, 21:04 | Referencias (0)

La entrada de Cristo a Jerusalén. Domingo de Ramos.

Catholic.netFuente: Catholic.net
Autor: P. Cipriano Sánchez LC


El día de hoy para acompañar a Cristo en su pasión, su muerte y su resurrección, vamos a centrar nuestra reflexión en la entrada de Cristo a Jerusalén

La entrada Mesiánica de Jesús en Jerusalén, tal como la presenta San Juan, se encuentra centrada en un contexto muy particular. No hay que olvidar que los evangelios son una carga espiritual, teológica, de presencia de Cristo. Por así decirlo, son un retrato descrito.

San Juan ubica la entrada de Cristo en Jerusalén, por una parte, en el contexto de la unción de Betania, en la que se ha vuelto a hablar de la resurrección. Junto con este aspecto de la resurrección aparece, como sombra constante, la determinación de los sumos sacerdotes para deshacerse de Cristo. Y como un segundo trasfondo de la entrada de Cristo en Jerusalén está el contexto del discurso de Jesús sobre el grano de trigo que tiene que caer y morir para dar fruto.
Dice el Evangelio: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”. En el texto del grano de trigo se vuelve a repetir el mismo dinamismo que se encierra en la voz de “lo he glorificado”, junto con la conciencia clara de la presencia inminente de la pasión.

A nosotros nos llama mucho la atención que todo el misterio de la entrada de Jesús en Jerusalén quiera estar enmarcado en este contraluz de muerte y resurrección (el grano de trigo que muere para poder dar fruto), pero, independientemente de que pueda ser un poco literario, este contexto nos permite ver lo que es exactamente la entrada de Cristo en Jerusalén.

Por una parte vemos que el pueblo realiza lo que estaba escrito que tenía que realizar: “Esto no lo comprendieron sus discípulos de momento; pero cuando Jesús fue glorificado, se dieron cuenta de que esto estaba escrito sobre él, y que era lo que le habían hecho”.

Por otra parte, la voz del pueblo es un signo que indica lo que Cristo es verdaderamente: “Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel”. Sin embargo, como tantas veces sucede con Cristo, los hombres actúan sin saber que están actuando de una forma profética. El pueblo no sabe lo que hace, pero aclama el triunfo y el éxito maravilloso de un taumaturgo que resucitará. Además, las palabras de la gente tienen un total carácter de proclamación mesiánica, por la que Cristo se presenta como liberador de Israel. Y así, Cristo cumple un gesto mesiánico que Zacarías había profetizado: “No temas, hija de Sión; mira que viene tu Rey montado en un pollino de asna”. Cristo se sienta en el asno, aceptando con ello el que se le proclame Rey, realizando así la profecía de Zacarías.

Sin embargo, esto no obscurece su conciencia de que su mesianismo no es de tipo mundano, sino que esta unción como Mesías, esta proclamación, es el camino que lo va a llevar a la cruz. No hay que olvidar que el Mesías es el que resume, en sí mismo, todos los símbolos de Israel: el profeta, el sacerdote, el rey. Y como dijo el mismo Cristo, es el profeta que va a morir en Jerusalén, y es el sacerdote que llega hasta donde está el templo para ofrecer el sacrificio.

Pero, junto con esta visión externa que nos puede ayudar a preguntarnos: ¿qué tanto soy capaz de seguir a este Cristo, que como rey, profeta y sacerdote va a ser sacrificado por mí?, yo les invitaría a contemplar el alma de Cristo, el interior de Cristo en su entrada a Jerusalén.

El alma de Cristo tiene ante sí, con una gran claridad, el plan de Dios sobre Él. Cristo sabe que Dios ha querido unir su glorificación con el misterio de la pasión. Es una gloria que pasa a través de la infamia y del rechazo de los hombres, una gloria que pasa por la paradoja de los planes de Dios, una gloria que quiere pasar por la total donación del Hijo de Dios para la salvación de los hombres.

Cristo tiene claro en su alma este plan de Dios, y con toda libertad y con toda decisión, lo acepta. Él sabe que al ser proclamado Rey, y al entrar en Jerusalén como Mesías, está firmando la sentencia que le lleva al sacrificio, y sin embargo, lo hace. “Entonces los fariseos comentaban entre sí: “¿Veis cómo no adelantáis nada?, todo el mundo se ha ido tras él”. Él sabe que la exaltación real que a Él se le dará cuando sea levantado, es la de la cruz, la del cuerpo para el sacrificio.

La cruz será su gloria de dominio, será su palabra profética de discernimiento y también será la unción con la que su cuerpo será marcado como sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza. La cruz será su trono de dominio desde el que Él va a atraer a todos los hombres hacia sí mismo: “Y cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. En su alma aparece el deseo de donarse, porque ha llegado la hora para la que había venido al mundo, la hora del designio de amor sobre la humanidad, la hora por la que Dios entre, de modo definitivo, en la vida de los hombres por la gracia de la redención.

Sin embargo, todos los sentimientos se van mezclando en Cristo. Así como es consciente de que ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre, es también consciente de que el grano de trigo tiene que caer en tierra para poder dar fruto: “Pero mi alma se turba, ¿y cómo voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero es para esta hora que yo he venido al mundo”.

Podríamos terminar con una reflexión sobre nosotros mismos, sin olvidar que nuestra vocación cristiana también es una perspectiva de la luz que pasa a través de la cruz: Mi vocación es luminosa solamente cuando pasa a través de la cruz. Tiene que pasar por el mismo camino de Cristo: la aceptación generosa de la cruz, la aceptación generosa de los signos que nos llevan a la cruz.

Para Cristo, el signo de la entrada de Jerusalén, es el signo que le lleva a la cruz; para nosotros cristianos, nuestro Bautismo es un signo que nos indica, necesariamente, la presencia de la cruz de Cristo. Se trata de ser seguidor de Cristo, marcado con el signo indeleble de la cruz en el corazón y en la vida. El cristiano ha de ser capaz, como Cristo, de recoger los frutos de vida eterna del árbol fecundo de la cruz, para uno mismo y para sus hermanos.

Para quien juzga según Dios, la abnegación es Sabiduría Divina envuelta en el misterio de Cristo crucificado. No existe otro camino para ser seguidor de Aquél que no ha venido para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.

Toda la vida de Cristo, y particularmente su pasión, tiene un profundo significado de servicio para la gloria del Padre y para la salvación de los hombres. El Primogénito de toda criatura —al cual corresponde el primado sobre todas las cosas que son en el cielo y en la tierra—, el que viene en el nombre del Señor, el rey de Israel, se ha hecho siervo de todos los hombres y dado a muerte en rescate de sus pecados.

Cristo entra en Jerusalén; Cristo nos habla del grano de trigo, nos habla de ser exaltados en la cruz, y nos hace una pregunta que tenemos que responder: “¿Puedes beber del cáliz que yo beberé?”.


  • Preguntas o comentarios al autor P. Cipriano Sánchez LC



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  • Publicado por ALFRE306 el 5 de Abril, 2009, 17:00 | Referencias (0)

     

     

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