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13 de Septiembre, 2008


El amigo de las estrellas



El amigo de las estrellas
  
Juanjo Ibáñez
Por Juanjo Ibáñez *

Yo siempre quise mucho al tío Enrique. El tío Enrique era el hermano mayor de mi madre. Había estado fuera muchos años, pero desde que volvió apenas me separaba de él. La gente decía que hacía cosas muy raras, pero a mí me parecía que no. A mí me parecía muy divertido.

Por ejemplo, nadie entendía por qué muchas veces se ponía los zapatos en la cabeza o por qué daba las buenas noches a las plantas de la cocina antes de acostarse. Yo sí, un día me lo explicó. Me dijo que el había vivido en lugares donde se andaba al revés y en otros donde las plantas eran muy educadas y si no se las saludaba se ponían tristes y se marchitaban.

En ocasiones, se quedaba horas y horas con las manos tapándose los oídos y mirando al techo sin decir una sola palabra. Aquello sí que enfadaba a mi padre. La verdad es que todo lo que hacía tío Enrique le enfadaba, pero que mirara al techo mucho más. Yo sabía que cuando hacía eso era porque estaba visitando a un amigo que vivía en las estrellas. Si se tapaba los oídos era tan sólo porque a su amigo, como estaba muy lejos, no se le oía bien. Puede parecer extraño, pero no lo era: su amigo le hablaba con los latidos de su propio corazón.

Una vez, mi tío se cayó de la silla. Cuando vino el médico y le tomó el pulso, tenía 206 pulsaciones. Tío Enrique dijo que no le había pasado nada, que esa noche simplemente su amigo le había hablado muy deprisa porque estaba muy contento. Era la primera vez que veía nacer a una estrella y se había excitado mucho. Nadie le creyó. Mientras mi madre le cubría con una manta, yo vi a mi padre llevarse el dedo índice a la sien y darle vueltas como si fuera una tuerca. A partir de esa noche le vería hacer ese gesto muy a menudo. A mi tío aquello le hacía mucha gracia. Decía que, de tanto apretar, un día se le iba a quedar el dedo metido en la cabeza. El médico sacó tres pastillas rojas de su maletín, hizo que se las tomara con un vaso de agua y se fue al pasillo a hablar con mis padres. Fue cuando mi tío sacó la lengua. La tenía roja. Yo me asusté, pero él me guiñó un ojo, me enseñó las tres pastillas y los dos nos comenzamos a reír.

Mi madre volvió y entonces vimos que una lágrima le resbalaba de su ojo derecho. Tío Enrique puso el dedo en su mejilla y esperó a que llegara. Luego la estuvo mirando unos instantes y dijo que era el lago más bonito que había visto en su vida, pero que le daba pena que tan sólo viviera en él un pez. Entonces, mi madre salió corriendo hacia su habitación. Cuando le pregunté cómo sabía que tan sólo había un pez me respondió que únicamente se trataba de saber mirar.

Lo cierto es que la mirada de mi tío era muy curiosa, porque tenía un ojo de cada color. Uno azul y el otro verde. Cuanto más contento estaba, más se notaba la diferencia. El decía que eso era porque había vivido muchos años en un bosque y otros muchos en una isla tropical. Y los colores de los lugares que nos gustan siempre se nos pegan a los ojos si hemos sabido mirar con los párpados bajados. Mi padre decía que aquello era una majadería y que lo que pasaba era que estaba mal hecho y tenía la mirada extraviada, tan extraviada como la cabeza. Pero yo sabía que era verdad. Siempre que me contaba aventuras de cuando estuvo viviendo en un bosque, su ojo derecho tomaba el color de la yerba en abril y cuando me hablaba de la isla, su ojo izquierdo resplandecía como un mar de coral. Como un mar de coral parecido al que sale en el libro de Geografía del colegio.

Tío Enrique tenía bigote; bueno, no un bigote entero, sino medio bigote. Cada mes se afeitaba una mitad y se dejaba crecer la otra. Decía que dentro de él había cuatro personas. Visto de perfil podía ser un señor con los ojos azules y bigote o un señor con los ojos verdes y sin bigote y al mes siguiente, era un señor con los ojos azules y sin bigote o un señor con los ojos verdes y con bigote. La verdad es que se comportaba de distinta forma cuando me hablaba de perfil, pero cuando estaba de frente volvía a ser Tío Enrique, que era una mezcla de los otros cuatro tíos Enrique.

Tío Enrique siempre estaba jugando con la cadena de un viejo reloj de bolsillo que estaba parado. Una vez me dijo que se lo regaló la persona que más le había querido en la vida y de la que aprendió todas las cosas verdaderamente importantes que sabía. Las manillas señalaban las once en punto. Le pasaba una cosa muy rara. Dos veces al día, a las once de la mañana y a las once de la noche, se ponía muy triste durante unos segundos.

Nunca me explicó por qué.

Cuando más contento estaba, era después de hablar con su amigo de las estrellas. Yo siempre insistía en que le quería conocer. Mi tío me decía que su amigo era muy tímido, aunque le había hablado mucho de mí y algún día me lo presentaría, pero tenía que estar preparado porque al principio parecía decir cosas muy raras y no era fácil entenderle. Sin embargo, me aseguró que a mí no me costaría mucho, porque mi corazón no era como el de los demás.

Tío Enrique casi nunca salía de casa, por eso, cuando yo volvía del colegio estábamos siempre juntos. Como había sido un físico muy importante, mi madre le solía pedir que me preguntara la lección o que me diera clases, pero nosotros nos dedicábamos a otras cosas. Me enseñaba a escribir al revés, me dibujaba mapas de lugares lejanos que no aparecían en mi bola del mundo o me contaba muchas historias: la de unos seres diminutos que se metían por los oídos y se dedicaban a hacer cosquillas en el cerebro de algunas personas, la de un conejo sordo que volaba con las orejas o la de un pirata con piernas que se había construido una pata de palo para cuando le mordiera el tiburón.

Una noche teníamos visita en casa, se trataba del jefe de mi padre y su mujer. Mi madre había sacado los cubiertos de las Navidades y mi padre estaba muy nervioso y con una sonrisilla pegada a los labios que no se le quitaba ni para masticar.

Aquellos señores no me gustaban nada. El era muy serio y miraba como de lado y ella una gorda que no hacía más que reírse. Cuando fueron a buscar los licores, mi madre dio un grito. Tío Enrique estaba dentro del armario de las botellas, con la cubitera de hielo puesta en la cabeza y las pinzas colgadas de la nariz. Se presentó en el salón y entre carcajadas nos dijo que su amigo de las estrellas le había contado un chiste muy bueno. Luego comenzó a bailar. Todos le miraron asustados, pero yo sabía que bailaba porque su amigo le estaba cantando una canción. Nunca vi a nadie bailar tan bien. Yo veía cómo la gorda daba pataditas a su marido por debajo de la mesa y cómo mi padre se iba poniendo más y más colorado. A mi madre, como tantas veces, le comenzaron a llover los ojos. Mi tío se fue del salón no sin antes meter por el escote de la señora un hueso de pollo con restos de salsa de tomate. Qué risa.

A los pocos segundos oímos un grito. Todos salimos corriendo y le vimos abrazado al abrigo de pieles de la mujer del jefe de mi padre. Su ojo verde brillaba más intensamente que nunca. Se quedó en silencio y dijo entre sollozos que aquel abrigo estaba hecho con las pieles de una familia de castores que habían sido amigos suyos. Después comenzó a chillar llamando a la mujer del jefe de mi padre 'gorda asesina'.

Eran las once, lo recuerdo porque en el reloj del salón acababan de sonar once campanadas.

Los invitados se fueron muy enfadados de casa y dando un portazo. Aquella noche, oí como mi padre gritaba sin parar mientras mi madre lloraba y le pedía paciencia.

A la mañana siguiente, mi tío no fue a despertarme como hacía todos los días. Mi madre me dijo que lo habían ingresado en un hospital para curarle. Yo le respondí que aquello era una tontería, que el tío era muy fuerte y nunca había estado enfermo, pero mi madre me mandó callar gritándome que todavía era muy pequeño para que entendiera ciertas cosas.

No me dijo qué cosas.

Así pasaron varios meses, los más tristes que recuerdo. Siempre que preguntaba por el tío, mis padres me decían que iba mucho mejor, que se estaba poniendo bueno. Yo no entendía nada.

Por fin, un domingo, Tío enrique vino a comer a casa. Yo estaba tan contento que casi no pude dormir la noche del sábado. Cuando abrí la puerta vi que sus dos ojos tenían un color grisáceo y que se había afeitado el bigote. Durante la comida estuvo muy simpático con mis padres hablando de cosas de esas que hablan los mayores, pero a mí me pareció muy aburrido. Nunca le había visto tan aburrido. Mi padre no paraba de sonreírle y darle palmadas en el hombro. Incluso le convidó a un puro, algo que sólo hacía con los invitados muy importantes. Después de tomar café, miró su reloj de bolsillo y dijo que se le hacía tarde, que tenía que ir a trabajar a la universidad.

Mi tío apenas habló conmigo y cuando me fui a despedir de él me pareció como si desviara la mirada.

A los dos semanas de aquella comida del domingo mi madre entró llorando en mi habitación. Me puso sus manos en la cabeza y me dijo que tío Enrique había muerto la noche anterior. Ellos contaron que sufrió un infarto, pero yo sabía que no era verdad. Yo sabía que su corazón se paró porque su amigo de las estrellas había dejado de hablarle.

Mi madre dudó unos instantes, pero después me dio una caja de cartón que tenía mi nombre escrito. Tío Enrique la sujetaba entre sus manos en el momento en que lo encontraron en la cama. Cuando me quedé solo en mi cuarto la abrí. Allí estaba su viejo reloj de bolsillo y una carta. En ella tan sólo me decía que el señor que había ido aquel domingo a comer no era él, sino un hombre disfrazado de él. Su firma apenas se distinguía porque la tinta estaba corrida, pero en su lugar pude ver muchos peces azules, y detrás de ellos, el rostro de mi tío, sonriéndome. La última frase estaba escrita al revés, la puse frente al espejo y pude leer:

CUANDO ESTES MUY TRISTE PARA EL RELOJ, PERO SOLO CUANDO ESTES MUY TRISTE.

Fue lo que hice en ese mismo momento. Entonces el amigo de las estrellas comenzó a hablarme y a hablarme y a hablarme...

* Escritor español


Publicado por ALFRE306 el 13 de Septiembre, 2008, 21:44 | Referencias (0)

 

 

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